Shᵉmot 15:3 El Eterno es hombre de guerra. El Eterno es Su Nombre.
יְהֹוָה אִישׁ מִלְחָמָה יְהֹוָה שְׁמוֹ׃
Di-s actúa para defender la vida, liberar al oprimido y hacer justicia cuando no hay otra alternativa. Existe una "guerra divina" que nada tiene que ver con crueldad; es responsabilidad moral en un mundo quebrado. El Rambán explica que cuando Moshé y los hijos de Israel definen a Di-s como hombre de guerra, no lo hacen en sentido violento, sino como aquel que interviene cuando la justicia lo exige.
Una enseñanza judaica encontramos en la Torá y Midrash esta semana: la alegría nunca es absoluta cuando implica la caída de otros seres humanos, incluso si esos otros fueron enemigos y aún cuando su caída fue necesaria. Significa que es alegría limitada, contenida, consciente.
En halajá esto se expresa de muchas formas:
- En Pesaj reducimos el vino del Seder al mencionar las plagas.
- No decimos Halel completo todos los días de Pesaj.
- En una boda rompemos una copa en el momento de máxima alegría.
Según comentaristas contemporáneos como Rabbi Dr. Tzvi Hersh Weinreb, "la frase durante el canto del mar, «caballos y sus jinetes fueron arrojados al mar», no se refiere simplemente a caballos y jinetes en sí, sino al símbolo del poder militar y la cultura egipcia que perseguía y oprimía a Israel, y que fue desarticulado por la intervención divina. Cuando los israelitas cantaron sobre la caída del caballo y su jinete, expresaban su agradecimiento por el hecho de que no solo el faraón y sus amos eran eliminados de la escena, sino que también la cultura egipcia llegaba a su fin".
De los comentarios de nuestros Jajamim en el Talmud podemos aprender, aunque el pueblo canta cuando el mar se abre y los egipcios se ahogan, esta acción no es simple celebración, el enfoque del canto es resaltar el poder de Di-s. El midrash relata que cuando los egipcios se estaban ahogando, los ángeles quisieron cantar, y HaKadosh Baruj Hu los reprendió. Israel sí canta, porque fue salvado. Pero el cielo se contiene. El judaísmo no borra al enemigo de su humanidad, incluso cuando reconoce la necesidad de la justicia y la defensa. Por eso Shirat HaYam no es un canto liviano: es un canto que nace de haber sobrevivido, no de disfrutar la caída del otro. No es un dios que ama la guerra, sino que cuando la guerra es inevitable, incluso Di-s exige límites morales. La fuerza no libera de la responsabilidad ética.
Esta semana, cuando Israel trajo de vuelta el último cuerpo de un secuestrado asesinado en Gaza, hubo llanto, alivio y también una forma contenida de celebración. No por la muerte, sino por la fidelidad. Aquí recordamos la promesa que hizo jurar Yosef antes de morir, de volver a su tierra para ser enterrado allí. Él había anticipado que un día Di-s recordará su pacto y hará subir al pueblo. Aquí es cuando Moshé cumple la promesa de sus antepasados. ¿Por qué la Torá destaca este suceso? Porque nos enseña que la redención comienza cumpliendo promesas hechas a quienes ya no pueden reclamar. Este relato junto a nuestra realidad, nos marca que las alegrías junto a las tristezas tras devolver a Ran Gvili Z"L a Eretz Israel no se trató de una victoria, sino de cumplir una promesa que nadie podía exigir ya.
No solo fue una operación militar. No fue solo un gesto humanitario. Es el cumplimiento de un juramento colectivo, incluso cuando no fue formulado con palabras. El pueblo judío vive bajo una promesa no escrita pero absoluta: nadie queda atrás, ya sea vivo o muerto.
Hoy, cuando miramos el mapa de Gaza, vemos otra franja angosta, cargada de presión, dolor y confrontación. Nuestros sabios ya enseñaron que "Mitzraim" no es solo Egipto, sino meitzarim, estrecheces, encierros, lugares donde no hay aire ni salida (Midrash Tehilim 118; Zohar). El pueblo de Israel no salió solo de un país, sino de una condición existencial de opresión y asfixia. Y cuando llega al mar, vuelve a encontrarse en un pasaje angosto, atrapado entre las aguas y el enemigo. El cruce del Yam Suf no es solo un milagro acuático: es la transformación del encierro al espacio abierto. Gaza, como franja angosta y comprimida, nos recuerda que la historia judía se juega muchas veces en lugares estrechos, donde la presión es máxima y la fe no consiste en huir, sino en atravesar. Cuando vimos a los soldados cruzar a Israel llevando el cuerpo de Ran Gvili Z"L, no vimos solo una escena militar ni un gesto humanitario, vimos, otra vez, a judíos atravesando un pasaje angosto cargando a uno de los suyos. No cruzan livianos. No cruzan celebrando. Cruzan con peso, con responsabilidad, con orgullo.
Shabbat Shirá nos deja esta enseñanza final: no siempre cantamos porque todo terminó bien; a veces cantamos porque, aún en el estrechamiento, hicimos lo correcto. Y mientras sigamos siendo un pueblo capaz de cargar a los nuestros a través de lugares angostos — vivos o muertos — seguimos caminando hacia la otra orilla. Que pronto el canto ya no sea por haber sobrevivido, sino por haber llegado, todos, a casa.
¡Shabbat Shalom! ¡Shalom al Yisra’el, Shalom al olam!
Hamoré Sergio Man
Enero 2026