Parashat Bᵉmidbar 5786

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Parasha
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שְׂאוּ אֶת־רֹאשׁ כׇּל־עֲדַת בְּנֵי־יִשְׂרָאֵל לְמִשְׁפְּחֹתָם לְבֵית אֲבֹתָם בְּמִסְפַּר שֵׁמוֹת כׇּל־זָכָר לְגֻלְגְּלֹתָם׃
“Hagan el censo (alzad la cabeza) de toda la congregación de los hijos de Israel, por sus familias, según las casas de sus padres, por el número de los nombres, cada varón, cabeza por cabeza”. Bᵉmidbar 1:2

¿Alguna vez te has sentido como un simple dato en una hoja de cálculo? En un mundo de algoritmos y estadísticas, es fácil sentir que nuestra individualidad se diluye. Sin embargo, esta semana, al abrir el libro de Bemidbar, nos topamos con una instrucción que desafía toda lógica administrativa moderna.

El libro de Bemidbar comienza con un censo. Pero en el hebreo original, Di-s no le dice a Moshé “cuenta a la gente” (lispor לִסְפּוֹר), sino “Se’u et rosh” (שְׂאוּ אֶת-רֹאשׁ), que significa “levantar” o “elevar” [la cabeza]. Este mandato ocurre en el Desierto de Sinaí, un lugar vacío, carente de estructuras externas de estatus o riqueza. En el desierto no eres lo que tienes, sino lo que eres. Allí, Di-s le dice a Moshé: Alza la cabeza de toda la congregación.

El Midrash (Bemidbar Rabá 1:9) nos explica algo fascinante: en el pensamiento bíblico, contar no es una tarea administrativa, es una tarea espiritual. Cuando Di-s pide un censo, no quiere saber cuántos somos (Él ya lo sabe), quiere que nosotros sepamos quiénes somos. Alzar la cabeza significa sacar a alguien del anonimato. Es decirle: “Mírame a los ojos, tú tienes un lugar aquí”.

El poder del nombre (Bemispar Shemot)

El versículo continúa diciendo que el censo debe hacerse “por el número de los nombres”.

Rashi, el gran comentarista medieval, señala que Di-s pide contarlos una y otra vez porque los ama. Pero hay algo más profundo: en el judaísmo, el nombre representa la esencia. No se contaron “cascos” o “manos”, se contaron nombres.

Mientras el mundo nos etiqueta por nuestro “alcance” o “productividad”, la Torá nos devuelve el nombre. No se contaron “bultos”, se contaron esencias. Al pedir el nombre propio de cada varón “cabeza por cabeza” (legulgelotam), el texto nos enseña que el colectivo solo es fuerte si cada miembro es plenamente visible. Es un ejercicio de visibilidad radical: en el campamento de Israel, nadie es invisible.

De las carpas del desierto a las piedras de Yerushalayim

Aquí es donde conectamos este antiguo censo con una fecha que late en nuestro calendario actual: Yom Yerushalayim (el Día de Jerusalem). Si el censo en el desierto fue el inicio del viaje, Yerushalayim es el destino donde esa “elevación” se vuelve eterna.

Yom Yerushalayim representa el momento histórico en el que el pueblo recuperó su centro espiritual. Pero, ¿qué es lo que realmente une a la ciudad? Al igual que en el censo, la unidad de Yerushalayim no exige que todos seamos iguales, es el lugar donde convergen todas las “familias” y matices del pueblo, cada una con su propia bandera y tradición.

Como enseñaba el Rav Kook, la ciudad nos une porque nos invita a todos a “elevar” nuestra mirada hacia un mismo punto focal. Yerushalayim no une porque todos pensemos igual; une porque nos recuerda que, por encima de todas nuestras diferencias, pertenecemos a una misma historia. Al recuperar la ciudad, recuperamos la postura erguida que se nos pidió en el desierto.

Yom Yerushalayim no es solo la celebración de una victoria militar o geográfica; es el recordatorio de que, después de 2000 años de caminar con la cabeza gacha por el exilio, finalmente pudimos “alzar la cabeza” (Se’u et rosh) y mirar de frente a nuestra historia.

4. Una reflexión para tu semana: ¿A quién le vas a alzar la cabeza hoy?

Para cerrar, pensemos en ese último término del versículo: legulgelotam. Literalmente “por sus cráneos”, pero en sentido figurado, implica que cada persona fue contada personalmente. Nadie pudo ser representado por otro.

La reflexión que nos deja es esta: La verdadera unidad no nace de ser iguales, sino de sentirnos vistos.

En tu trabajo, en tu familia o en tu comunidad, hay alguien que hoy se siente “uno más”. Alguien que siente que su “cabeza” está agachada por el peso de la rutina o la invisibilidad, nuestro desafío es aplicar el concepto de Se’u. Reconocer el nombre del que tenemos al lado, validar su historia y recordarle que su existencia no es un dato azaroso, sino una pieza fundamental del mosaico nacional.

Yerushalayim no son solo piedras, y el Desierto de Sinaí no fue solo arena; son los espacios donde aprendimos que la verdadera unidad nace de la capacidad de ver al otro, no como un número, sino como un mundo entero que merece caminar con la frente en alto.

¡Shabbat Shalom! ¡Shalom al Yisra’el, Shalom al olam!

Hamoré Sergio Man
Mayo 2026