Bᵉreshit 48:16 El ángel, que me libera de todo mal, bendecirá a los jóvenes, y llamará en ellos mi nombre y el nombre de mis padres, Avraham e Itzjak, y se multipliquen enormemente en el interior de la tierra
הַמַּלְאָךְ הַגֹּאֵל אֹתִי מִכׇּל־רָע יְבָרֵךְ אֶת־הַנְּעָרִים וְיִקָּרֵא בָהֶם שְׁמִי וְשֵׁם אֲבֹתַי אַבְרָהָם וְיִצְחָק וְיִדְגּוּ לָרֹב בְּקֶרֶב הָאָרֶץ׃
En la parashá de esta semana encontramos uno de los momentos más tiernos y trascendentes de toda la Torá. El patriarca Yaakov, anciano y lleno de años, llama a sus nietos Efraim y Menashé, los hijos de Yosef, y les da una bendición que hasta hoy resuena en nuestros hogares. En estas pocas palabras, Yaakov condensa toda una vida de experiencias y habla, no solo como padre y abuelo, sino como alguien que ha visto la mano de Di-s en los momentos más oscuros y luminosos de su camino.
Cada viernes por la noche, al bendecir a nuestros hijos, repetimos esa antigua fórmula: "Que Di-s te haga como Efraim y como Menashé". ¿Por qué justamente ellos? Porque Efraim y Menashé crecieron en Egipto, rodeados de poder, riqueza y tentaciones, y sin embargo, conservaron su identidad, su fe, su conexión con la casa de Israel. Por eso, al decir esta bendición, pedimos que nuestros hijos también sepan vivir fieles a su alma judía aún en medio del mundo moderno, lleno de desafíos y distracciones.
Yaakov, al conocer a sus nietos, a simple vista parecería que no los reconoce, quizás porque había perdido la vista, o quizá, como los jajamim leen, por una capa más profunda. Yaakov no dudaba de quiénes eran físicamente, sino de quiénes eran espiritualmente, si pertenecían plenamente a su continuidad. Según el Midrash (Bereshit Rabbah 97:4), Yosef le mostró el pacto de brit milá, probando su identidad incluso en Egipto. Solo entonces Yaakov los abraza y los bendice, estableciendo que serán como sus propios hijos, equiparados a Reuvén y Shimón.
Entonces, cuando decimos que Efraim y Menashé mantuvieron su identidad, nos referimos a que crecieron en el entorno egipcio más asimilado posible, el palacio del faraón, pero conservaron su fidelidad al Di-s de Israel, y fueron reconocidos por Yaakov como parte íntegra de las tribus. Esta es la identidad que evocamos cada viernes: la capacidad de vivir en el mundo sin perder la neshamá yehudit, el alma judía.
Los sabios del Talmud y los comentaristas posteriores nos dan distintas lecturas. Rashi nos recuerda que el "ángel redentor" no es otro que la manifestación de la presencia divina. Rambán ve aquí el reconocimiento de que Di-s obra a través de mensajeros, visibles o invisibles, que guían nuestros pasos. El Sfat Emet, en clave jasídica, enseña que ese "ángel" vive dentro de cada uno de nosotros: es la chispa divina que nos salva de perdernos en el mal, la voz interna que nos recuerda quiénes somos.
En tiempos modernos, Rav Hirsch nos invita a leer esta bendición como una declaración educativa: enseñar a nuestros hijos a ser como Efraim y Menashé es enseñarles a mantenerse fieles a su misión, aunque el entorno no lo favorezca. Cuando Yaakov dice que el ángel lo redimió de todo mal, no está pidiendo un milagro nuevo, está agradeciendo por los milagros cotidianos que lo sostuvieron: los encuentros, las reconciliaciones, las oportunidades de seguir adelante.
Nosotros también, al repetir esta bendición semana tras semana, reconocemos la fidelidad de Di-s en nuestras propias vidas, en los caminos que parecen confusos, en los momentos que no entendemos pero que después vemos que nos llevaron justo donde debíamos estar. Que podamos bendecir, y ser bendecidos, con esa misma fe: la certeza de que hay una mano, un "malaj hagoel", que nos guía, nos protege y nos redime en cada paso.
¡Shabbat Shalom! ¡Shalom al Yisra’el, Shalom al olam!
Hamoré Sergio Man
Enero 2026


