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Parashat Bo 5786

Shᵉmot 10:23 No veia un hombre a otro, ni se podía levantar ningún hombre de su lugar tres días. Pero para todos los hijos de Israel había luz en sus moradas.
לֹא־רָאוּ אִישׁ אֶת־אָחִיו וְלֹא־קָמוּ אִישׁ מִתַּחְתָּיו שְׁלֹשֶׁת יָמִים וּלְכׇל־בְּנֵי יִשְׂרָאֵל הָיָה אוֹר בְּמוֹשְׁבֹתָם׃

Durante la novena plaga, la de la oscuridad, la Torá no solo nos cuenta de un fenómeno físico extraordinario, sino que nos presenta una experiencia comunitaria y moral profunda, conectada con la empatía, la conexión humana y la revelación espiritual. Este aspecto, según interpretaciones rabínicas, representa perder la habilidad de ver al otro, refleja una sociedad donde la mirada compasiva desaparece y reina el egoísmo.

El Midrash añade una capa de sentido aún más profunda: entre los israelitas había quienes se habían asimilado al confort egipcio, protegidos por sus amos y reacios a salir de la esclavitud. Di-s hizo caer la oscuridad para que esos israelitas murieran en silencio y fueran sepultados discretamente por sus hermanos, "para que los egipcios no dijeran: también los israelitas murieron como nosotros". En medio de las tinieblas, los hijos de Israel tuvieron luz en sus moradas, no solo para ver, sino para cuidar, para hacer actos de bondad enterrando a sus muertos con dignidad.

La verdadera oscuridad en el mundo no es la falta de luz solar, sino la falta de visión moral. Cuando la gente deja de reconocer la imagen divina, en el rostro del otro, cuando las redes sociales se vuelven trincheras, cuando la política se llena de voces que no escuchan, cuando el prójimo deja de ser "prójimo" y se convierte en "enemigo", volvemos a Egipto. Y no se necesita un faraón para eso: basta con cerrar los ojos al sufrimiento ajeno.

Frente a esa oscuridad, la Torá subraya: "para todos los hijos de Israel hubo luz en sus morada", una la luz por el mérito espiritual, una claridad interior que emana del alma de quien vive con conciencia divina. Cada israelita tenía su propia luz porque cada uno mantenía vivo el sentido de pertenencia y misión. Esa luz no era solo un privilegio, era una responsabilidad: iluminar con acciones de bondad y justicia en medio de un entorno que se oscurece.

Así también hoy, el desafío de la comunidad judía no es negar que hay oscuridad en el mundo, crisis, polarización, dolor, sino seguir siendo un pueblo que porta luz incluso dentro del exilio. Di-s no destruye a Egipto de inmediato, sino que le muestra su propia ceguera: el imperio más poderoso del mundo se desmorona porque dejó de ver la humanidad en sus esclavos. La idolatría más profunda no es adorar estatuas, sino adorar el propio ego hasta volverse incapaz de ver al otro, personas que ya no se ven unas a otras, ni en la calle, ni en la pantalla, ni en el corazón, ni en la misma comunidad.

Así también nosotros, si queremos mantener viva nuestra luz, debemos aprender a mirar realmente, mirar al que piensa distinto, al que sufre en silencio, al que queda afuera. La empatía es el primer paso de toda redención y la Torá nos propone un espejo: ¿vivimos en la luz de nuestras moradas, o en la oscuridad de Egipto?

Cada acto de compasión, cada palabra de aliento, cada vez que elegimos escuchar en vez de juzgar, añadimos una chispa de luz al mundo. La luz no se impone, se comparte. La tarea de nuestra generación es no permitir que la oscuridad del egoísmo nos ciegue, sino encender en cada hogar, comunidad y corazón esa llama que hace visible al otro.

¡Shabbat Shalom! ¡Shalom al Yisra’el, Shalom al olam!

Hamoré Sergio Man
Enero 2026

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