לֹ֣א אֶת־אֲבֹתֵ֔ינוּ כָּרַ֥ת יְהֹוָ֖ה אֶת־הַבְּרִ֣ית הַזֹּ֑את כִּ֣י אִתָּ֔נוּ אֲנַ֨חְנוּ אֵ֥לֶּה פֹ֛ה הַיּ֖וֹם כֻּלָּ֥נוּ חַיִּֽים׃"No fue con nuestros padres que Jehová hizo este pacto, sino con nosotros, todos los que estamos aquí hoy, todos nosotros que estamos vivos" (Dᵉvarim 5:3)
El Midrash Tanḥuma y el Sifré señalan que la Torá no es un libro de historia estático, sino una guía viva. Cuando Moshé utiliza la palabra Hayom ("Hoy"), no se refiere únicamente a ese día específico en el desierto. Los sabios enseñan que todas las almas judías, las del pasado, las del presente y las del futuro, estuvieron presentes en el Monte Sinaí.
El gran comentarista Rashi (Rabí Shlomo Yitzjaki, siglo XI) aclara el sentido de las palabras de Moshé: No hizo este pacto únicamente con nuestros padres, sino también con nosotros. En el idioma hebreo bíblico, a veces una negación categórica busca poner énfasis en lo segundo. Moshé no estaba desmereciendo a la generación del éxodo, sino previniendo un peligro espiritual muy común: la pasividad.
Moshé temía que las futuras generaciones dijeran: "Ah, la experiencia con lo Divino fue cosa de mis abuelos. Ellos vieron los milagros, ellos escucharon la voz... a mí solo me toca cumplir normas por tradición". Por eso, ahora, 40 años más tarde, la Torá irrumpe para decirnos: "No. La relación es contigo. Hoy.".
Entonces, para comprender que no somos meros espectadores del pasado, sino participantes activos de un pacto en tiempo presente, cobra su verdadero sentido cuando observamos cómo Moshé transmite los "Aseret Hadibrot". Si la revelación fuera un evento petrificado en la historia, las palabras habrían quedado congeladas para siempre. Sin embargo, al dirigirse a la nueva generación, Moshé demuestra que la palabra divina es dinámica: modifica términos, reorganiza prioridades y añade matices humanos a la Ley. No lo hace para alterar el mensaje original, sino para mostrar que cada época exige reinterpretar y encarnar los valores éticos en la realidad cotidiana.
En Shᵉmot 20:12, el mandamiento dice sencillamente: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra...". Sin embargo, en Dᵉvarim 5:16, Moshé añade dos expresiones fundamentales: "Honra a tu padre y a tu madre, como te lo ordenó el Eterno tu Di-s, para que se prolonguen tus días y para que te vaya bien sobre la tierra...".
En el análisis de las fuentes, "Como te lo ordenó...", dice el Talmud (Masejet Sanhedrín 56b) que la orden de honrar a los padres ya se había insinuado antes del Sinaí, en el campamento de Mará. Moshé le recuerda al pueblo que la empatía y la gratitud familiar no nacieron en la revelación estruendosa, sino en el aprendizaje diario del desierto. "Y para que te vaya bien", Rashi destaca que este agregado viene a aclarar el propósito del mandamiento. No se trata solo de vivir muchos años (longevidad cuantitativa), sino de vivir bien (calidad de vida). Honrar la cadena generacional y respetar a quienes nos dieron la vida construye una sociedad pacífica, estable y emocionalmente sana.
También encontramos algo similar en el décimo mandamiento, este aborda lo que ocurre dentro de la mente y el corazón humano: la envidia y el deseo de lo ajeno. Aquí es donde Moshé realiza un cambio de lenguaje y de estructura sumamente revelador:
En la primera versión se utiliza únicamente el verbo codiciar, pero en la segunda versión, Moshé suma el verbo desear/anhelar. El Rambám (en Mishné Torá, Hiljot Guezelá 1:9-10) marca la distinción psicológica entre ambos estados: Desear (Tit’avve): Es el pensamiento inicial en el corazón. Ver lo que pertenece al otro y cavilar internamente en cómo obtenerlo. Codiciar (Taḥmod): Es la etapa posterior, cuando ese deseo interno se traduce en presión, insistencia o acciones para arrebatar o comprar a la fuerza la propiedad ajena. Moshé eleva el listón ético: no basta con controlar nuestras acciones finales; debemos cuidar los pensamientos y los anhelos que cultivamos en nuestra mente.
En Shᵉmot, la lista empieza por la propiedad material: la casa (el inmueble, la estructura externa). En Dᵉvarim, Moshé coloca en primer lugar la dimensión humana y vincular: la mujer de tu prójimo. Este cambio refleja la maduración del pueblo. Al salir de la esclavitud en Egipto, la gente venía de no poseer nada; el refugio y los bienes materiales eran una obsesión primaria. Cuarenta años después, en el libro de Devarim, Moshé enseña a la nueva generación que el valor de las relaciones humanas y la integridad de la familia están por encima de cualquier propiedad o inmueble.
Las variaciones de Moshé al recontar el momento de la entrega de los mandamientos en Monte Sinaí, nos enseñan que la ley divina no es una fórmula matemática inmutable y fría. Cuando las palabras de ese Sinaí se aplican a la vida real, se adaptan a las necesidades, la madurez y la sensibilidad de la comunidad. Por eso, Moshé toma las grandes verdades del cosmos y las traduce al lenguaje de la empatía, el bienestar, el cuidado de la mente y la prioridad de los afectos sobre los bienes materiales.
¡Shabbat Shalom! ¡Shalom al Yisra’el, Shalom al olam!
Hamoré Sergio Man
Julio 2026


