פְּנ֣וּ | וּסְע֣וּ לָכֶ֗ם וּבֹ֨אוּ הַ֥ר הָֽאֱמֹרִי֘ וְאֶל־כָּל־שְׁכֵנָיו֒ בָּֽעֲרָבָ֥ה בָהָ֛ר וּבַשְּׁפֵלָ֥ה וּבַנֶּ֖גֶב וּבְח֣וֹף הַיָּ֑ם אֶ֤רֶץ הַכְּנַֽעֲנִי֙ וְהַלְּבָנ֔וֹן עַד־הַנָּהָ֥ר הַגָּדֹ֖ל נְהַר־פְּרָֽת:"¡De vuelta! y emprendan viaje, y vengan hasta la montaña del Emorí y hacia todos los territorios aledaños: en la Harabáh, en la montaña, en la tierra baja, y en el Négueb, y en el litoral; la tierra del Quenahaní y el Lebanón hasta el río grande, el Río Perát." (Dᵉvarim 1:7)
Para salir del estancamiento, no basta con caminar en línea recta; se requiere un cambio de dirección, una reorientación de la mirada y del propósito. Es la transición de una mentalidad de esclavos/sobrevivientes del desierto a una mentalidad de conquistadores/constructores.
En el versículo anterior (1:6), la Torá nos dice que Di-s le adivrtió al pueblo que ya habían estado demasiado tiempo en el monte Sinaí, por lo que ahora (1:7) indica la orden de ejecución. El hebreo utiliza dos imperativos cruciales: Pᵉnu (volverse) y Sᵉ‘u (viajar). Esto nos marca el giro interno necesario antes del movimiento externo. La diferencia entre caminar sin rumbo (vagar) y marchar con propósito.
Analicememos las regiones mencionadas: el monte alto, la fértil Shefelá, la dura sequedad del Neguev y la inestabilidad de la costa del mar. Desde una perspectiva exegética, esta lista no es una mera delimitación fronteriza de carácter catastral, sino cada uno de los accidentes geográficos mencionados simboliza un estado de la experiencia humana y espiritual:
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El Llano (Aravá): Espacios de visibilidad amplia, donde el camino parece claro y predecible. Representa los momentos de estabilidad emocional y claridad intelectual.
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El Monte: La elevación, el momento de cercanía con la trascendencia, donde el panorama es amplio y la presencia de lo sagrado es evidente.
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El Valle (Shefelá): El terreno bajo, fértil pero propenso a las sombras. Simboliza los períodos de introspección profunda, vulnerabilidad y labor cotidiana en el llano de la existencia.
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El Sur Árido (Neguev): La sequedad, el desierto hostil donde los recursos escasean. Es el terreno de la prueba, donde la fe se purifica en ausencia de consuelos visibles.
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La Costa del Mar: El límite móvil, inestable, caracterizado por el constante flujo y reflujo de las aguas. Representa las transiciones de la vida, el contacto con lo desconocido y las fronteras de la propia identidad.
Cómo el judaísmo, este pasaje propone una vida integrada, donde el "clima" espiritual de cada etapa de la vida es necesario para la madurez del alma.
El pasaje bíblico culmina expandiendo la frontera del viaje hasta su máxima expresión geográfica: «hasta el gran río, el río Éufrates». Para nosotros, que leemos estas palabras desde la distancia del tiempo, el Éufrates no es una coordenada en un mapa antiguo; es el símbolo de nuestro máximo potencial, el horizonte de lo que estamos llamados a ser cuando nos atrevemos a avanzar. Al mirar en retrospectiva el mandato, descubrimos que la geografía de la Tierra Prometida es, en realidad, un espejo de nuestra propia alma. La vida no nos propone un camino lineal ni una llanura predecible. Todos transitamos por "montes" de claridad y éxito, por "valles" de vulnerabilidad y silencio, por el "Neguev" de la sequedad emocional o por la inestabilidad constante de la "costa del mar".
La gran enseñanza de Moshé en este umbral es que ninguno de esos paisajes es un error de cálculo. La madurez espiritual y humana no consiste en pretender vivir eternamente en la comodidad del Sinaí, aferrados a certezas pasadas o a momentos de revelación que ya cumplieron su ciclo. Consiste en aceptar el desafío de desarmar el campamento y ponerse en marcha.
¡Shabbat Shalom! ¡Shalom al Yisra’el, Shalom al olam!
Hamoré Sergio Man
Julio 2026


