Shᵉmot 25:2 "Di a los israelitas: Y tomarán para Mí Tᵉrumá, de todo varón cuyo corazón diere voluntariamente, tomarás mi ofrenda." דַּבֵּר אֶל־בְּנֵי יִשְׂרָאֵל וְיִקְחוּ־לִי תְּרוּמָה מֵאֵת כׇּל־אִישׁ אֲשֶׁר יִדְּבֶנּוּ לִבּוֹ תִּקְחוּ אֶת־תְּרוּמָתִי׃
Hay algo extraño en el comienzo de la Parashá Tᵉrumá. Di-s le dice a Moshé que pida al pueblo una contribución para construir el Mishkán. Pero la frase no dice "que den", dice: "Y tomarán". ¿Cómo que "tomarán"? ¿No deberían "dar"? El Midrash en Shᵉmot Rabbah nota la anomalía y responde con una idea radical: cuando una persona da para algo sagrado, en realidad no pierde — adquiere. Dar es tomar.
Traducimos Tᵉrumá como ofrenda. Funciona. Pero no alcanza. La palabra ofrenda viene del latín offerre: llevar hacia. Es un movimiento direccional. Algo sale de mí y va hacia otro. Hay entrega. Y a veces, casi sin darnos cuenta, pasamos de hablar de ofrenda a hablar de sacrificio como si fueran sinónimos. Pero no lo son. Sacrificio viene de sacrificium: sacer (sagrado) + facere (hacer). No significa perder, sino hacer sagrado.
Aquí aparece una conexión más profunda:
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La ofrenda enfatiza el movimiento: llevar hacia.
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El sacrificio enfatiza la transformación: hacer sagrado.
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La Tᵉrumá enfatiza la elevación: alzar.
Tres verbos distintos: llevar, consagrar, elevar.
En muchas culturas antiguas, el sacrificio implicaba destruir o consumir algo valioso. De allí surgió la asociación moderna entre sacrificio y pérdida. Pero en su raíz, el sacrificio no es pérdida: es consagración. Y eso nos acerca mucho más a la Tᵉrumá.
Tᵉrumá tiene la raíz hebrea ר.ו.ם que puede significar elevar, es una palabra que además de ser una donación, nos inspira a pensar en algo que se separa de lo común y se eleva a otra dimensión. La Tᵉrumá no comienza en el objeto, sino en el corazón.
La conexión entre los términos no está en igualarlos, sino en entender que cada uno ilumina un aspecto distinto del acto de dar: Movimiento. Transformación. Elevación.
La Torá introduce un matiz decisivo: "אֲשֶׁר יִדְּבֶנּוּ לִבּוֹ - Aquel cuyo corazón lo impulse". La Tᵉrumá no comienza en el objeto. Comienza en el corazón. El sacrificio puede existir como rito externo. La ofrenda puede existir como formalidad. Pero la Tᵉrumá del Mishkán depende del movimiento interior. El sujeto verdadero no es la mano. Es el corazón.
El Talmud enseña en Menachot 110a: "Sea quien da mucho o quien da poco, lo esencial es que dirija su corazón al Cielo". La cantidad es secundaria. La dirección interior es lo decisivo.
Unos versículos más adelante, la Torá declara: "Y harán para Mí un Santuario, y habitaré en medio de ellos". No dice "en medio de él", sino "en medio de ellos". El Mishkán no es simplemente un proyecto arquitectónico, es un proyecto humano. No comienza con oro, comienza con corazones movidos.
Volviendo a nuestro versículo, el mismo dice "tomarán" y no "darán". El que da, toma parte. El que eleva algo, se eleva con ello. El que consagra algo, se transforma también.
Vivimos en una cultura de cálculo. ¿Qué significa dar hoy? ¿Cuánto cuesta? ¿Cuánto pierdo? ¿Qué gano?
La Parashá propone otra lógica. Cuando algo se da desde el corazón, no se pierde, se transforma. No es filantropía solamente. No es impuesto. No es marketing espiritual. Es elevación.
Y tal vez esa sea la pregunta que la Parashá nos deja esta semana: ¿Qué parte de mi vida estoy dispuesto a elevar? ¿Mi tiempo? ¿Mi atención? ¿Mi generosidad? ¿Mi ego?
El verdadero santuario no se construye con oro, se construye cuando el corazón se mueve, y cuando el corazón se eleva, todo lo demás lo sigue.
¡Shabbat Shalom! ¡Shalom al Yisra’el, Shalom al olam!
Hamoré Sergio Man
Febrero 2026


